De paseo por Buenos Aires

Papá amó siempre a la Argentina
y aunque renegaba mucho de los porteños,
amaba también a Buenos Aires.

Amaba el fútbol,
el tango,
Gardel,
Troilo,
Tarragó Ross,
el locro
y la caña Legui con el café.

Mirta Legrand era “su” novia
y una tarde de Domingo en una isla del Tigre
superaba  en su mente a cualquier “all inclusive”
aunque no supiera lo que un “all inclusive” era.

Si papá viviera hoy
protestaría sobre los Starbucks que con su café servido
de a litros y en vasos de papel,
intentan reemplazar
la cultura del café de verdad
y diría que el combo de Mc Donalds
no podrá superar nunca un buen sandwich de milanesa
o jamón crudo,
o la pizza de la calle Corrientes de a pié y con fainá.

Y sin quererlo,
(o tal vez sabiendo exactamente lo que hacía)
me inculcó su amor por la ciudad y su historia.

Aprendí sobre la caída de Perón en cada visita
a la Plaza De Mayo mientras alimentábamos a las palomas.
Aprendí sobre Quinquela Martín cuando nos llevaba
al dentista en La boca o nos comíamos una paella
enfrente al Riachuelo
y a hacer los crucigramas de Clarín
antes de pasar la tarde patinando en las bajadas del Parque Lezama.

Me contó mil veces que los ladrillos y cerámicas
del “Palacio de Aguas” de Av. Córdoba
fueron hechos en Europa y numerados para indicar su ubicación exacta
una vez que llegaran a Buenos Aires.
lo decía con tanto orgullo… como si los hubiera numerado él!

Escuché cientos de historias sobre “Radio El Mundo”,
vi docenas de películas los sábado a la mañana
en el Cine Real
y todavía me acuerdo de los sandwiches de “La Escalerita”
en la calle Lavalle…

No entendí cuando Papá quiso irse de USA,
lo peleé y lo critiqué por eso,
solo para 10 años más tarde hacer yo lo mismo.

Y hoy, me veo nuevamente reflejada en él
cuando camino las mismas calles de la ciudad que alguna vez caminé con él
y  les repito a mi marido y a mis hijos,
las mismas historias que él alguna vez me contó.

Y aunque muchas cosas las he visto mil veces,
tienen el poder de enamorarme como si fuera la primera.
La posibilidad de descubrir algo nuevo,
de ver las cosas por primera vez
se nos presenta a diario en Buenos Aires,
incluso, a la vuelta de la esquina, en el Paseo Bollini
donde saqué éstas fotos.

Buenos Aires nos regala el placer de los adoquines,
de los faroles,
de puertas que resisten el paso de los años
o que irrumpen la tradición con diseños y colores nuevos…

…pero sin olvidarse de su entorno…

A veces salimos a caminar los cuatro,
a veces solo Edu y yo
pero siempre lo siento a Papá muy presente,
listo para que paremos en cualquier bodegón
a saborear la ciudad…

y por fin  puedo decir que entiendo por qué volvió.

Gracias Lorena por darme una excusa para fotografiar
y mostrar un poquito de mi ciudad…
el texto, por supuesto fué un agregado que no supe contener.
Para poder disfrutar muchas puertas hermosas solo hay que 
visitar a Lorena en su blog: