Tejiendo memorias

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De finales de los sesenta a la mitad de los setenta más o menos,  mamá le dió duro y parejo al tejido.

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En casa siempre había agujas y algún sweater para estrenar. Si hago memoria, me veo estrenando uno amarillo huevo con “ochos” en el frente para un cumpleaños en Burzaco…

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y por supuesto el maxi-chaleco a rayitas, fruto de todos los restitos de lanas que junto con los minishorts y las botas altas nos hacían sentir merecedoras de la tapa de la Revista Burda…

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La silenciosa creación de las dos agujas solo era interrumpida por el tran tran! del carro de la Knittax y por la pelea para decidir a quien de las dos, a Clara o a mí, le tocaba  poner los brazos y sostener la madeja para que mamá pudiera ovillar. Discusiones que se acabaron el día que mamá trajo a casa un aparato de cuatro brazos metálicos que se armaba sobre la mesa del comedor y que giraba como una parabólica en día de tormenta mientras  armaba unos ovillos tan lindos que hasta daban lástima desarmarlos….

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Mi tejido es mucho más simple.

No tiene ochos, ni colores estridentes y ya no hace falta comprar la parafina.

Mis hijos no son amantes de las bufandas tejidas y no lo veo a Edu con un sweater a rayas…. pero mis agujas tienen el poder de despertar recuerdos entrañables y mis madejas el arte de provocar las mismas quejas al momento de ovillarlas.

Si, en el tejido, como en muchas cosas en la vida, hay ciertas cosas que nunca cambian y qué bueno que asi sea…

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Si tejo lo suficientemente rápido…cuenta como ejercicio aeróbico?”

~Autor Anónimo~

MARCELA CAVAGLIERI LOGO-01